jueves, 26 de enero de 2012

El breve abrazo del color

Para ella, que sueña en blanco y negro


Ella soñaba todo en blanco y negro. Sin importar lo espectacular, sin importar lo grandioso de sus ensoñaciones, todas, absolutamente todas las imágenes que se presentaban en su reposo, se abrían paso hasta ella bajo la forma de las escenas de una película vieja.

En sus primeros años, al constatar que la gente a su alrededor, contrario a lo que ella pensaba, se paseaba durante las noches entre fantásticos sueños policromáticos, se había preguntado muchas veces del por qué de su excepción.

Más tarde, cuando el bicho de la conciencia la había picado, había investigado aquí y allá sin realmente encontrar una sola explicación que le satisficiera y le pareciera plausible.

En la búsqueda de una dosis de normalidad que la acercara, al menos un poco, al resto de las personas, se había librado, durante un tiempo, a las más diversas técnicas que le ayudaran, según ella, a desarrollar sueños variopintos.

Convencida de que si, en las horas previas al descanso, sometía su vista a una sostenida explosión de colores, lograría su cometido, había incursionado primero en el mundo de la pintura.

Se había decantado, como era de esperar en su caso, por un estilo fauvista. Y aunque el imitar, con sus pinceles, los trazos de Matisse y Dérain había hecho, por un tiempo, sus delicias nocturnas, los resultados no habían sido, ni de lejos, los esperados.

A ese primer ejercicio frustrado le habían seguido, luego, largas estadías frente al televisor, donde había optado por insufribles programas infantiles; de esos que, en un afán por mantener la atención de los niños, contienen todos los colores chillantes posibles. Pero al final del día, dichas sesiones se habían revelado igualmente un fracaso.

En un último y desesperado intento, se había entregado a dilatadas caminatas por los barrios más pintorescos y vibrantes de la ciudad donde sus ojos devoraban los majestuosos ámbares de los frontispicios, las estridentes iluminaciones neón de las publicidades y los clubes de moda, y la solemne melancolía de las lucecitas que se reflejaban sobre la oleaginosa nocturnidad del río.

De nada habían valido tampoco esos vagabundeos. De vuelta en su apartamento, una vez dejada atrás la vigilia, sus sueños seguían estando inexplicablemente bañados por esa triste sucesión de sales de plata.

Con el tiempo, había desistido y había asumido con más naturalidad esa característica que parecía diferenciarla del resto de la humanidad. Y así, había aprendido a maravillarse en sus sueños de la inmensa paleta de grises que se extendía entre el blanco más níveo y el azabache más profundo. Una escala tan amplia que el resto de humanos sería incapaz de diferenciar y que ella se daba meticulosamente a la tarea, luego, de identificar y clasificar a la luz del esquivo concepto de la realidad.

En algún momento, sin embargo, su actividad exploratoria había arrojado resultados tan pasmosamente abultados que, en la marcha, se había visto en la obligación de cambiar su inicial método de clasificación por aproximación (gris ratón, gris humo, platino, cromo, etc) por uno numérico (gris 1, gris 2, gris 3 y así hasta el 162).

Su escala habría seguido engrosándose, sin duda, de no haber sido porque una noche de enero de 2003 lo que tanto había buscado de forma conciente en los años de su temprana juventud, se había presentado al final de forma espontánea.

Había regresado junto a Luc a su apartamento al filo de las cuatro de la mañana, después de una larga noche de fiestas y cervezas. Luc era un músico que había conocido hacía muy poco por medio de un amigo en común. Tenía un trabajo relativamente estable junto a su banda en un bar de la rue Saint Jacques. La noche que lo había visto por primera vez, el grupo ejecutaba piezas clásicas del jazz entre las que sobresalían los nombres de Duke Ellington, Wes Montgomery y Charlie Parker. Su intervención con el contrabajo en el Devil’s Blues, de Charles Mingus, su presencia sobre el escenario y la destreza de sus manos la habían cautivado inevitablemente.

Para cuando el concierto había terminado, Luc se había acercado a la mesa donde se encontraba ella y sus amigos y luego de las formalidades y un intercambio de generalidades, ambos se habían enfrascado en una trepidante conversación musical.

En las cuatro semanas que siguieron a ese primer cruce, ella había asistido de forma religiosa a todos sus conciertos. Y cuando sus encuentros no sucedían en el bar, se escapaban juntos a las librerías o iban a los cines que estaban en las vecindades de la universidad. Una tarde, mientras leían en silencio el uno junto al otro en un café frente al Luxembourg, ella le había propuesto que se mudara a su apartamento. Y él había aceptado.

Para esa noche de enero de 2003, llevaban un mes viviendo juntos. Al regreso de la fiesta, ella había cepillado sus dientes al vuelo y, una vez desnuda, se había deslizado a su lado, debajo de las sábanas tibias. Luc había extendido su brazo y había acunado su cabeza en su pecho. Antes de dormirse, ella había girado su rostro, había adivinado, en la oscuridad, la intensidad de los ojos negros de su pareja y había cedido ante el implacable peso del cansancio.

Entonces de entre unas lechosas brumas había venido a su mente la representación de su apartamento. Desde su ubicación, tirada aún en la cama, advertía que una luz gris, oblicua, se colaba por la ventana. Luc salía del baño y se había vestido ya.

Tiempo después cuando recordaría esa escena, ella sabría que justo en ese momento cuando él se había acercado al tenue espacio luminoso que se dibujaba sobre el parqué, algo sin duda había cambiado.

Luc se acomodó con cierto aire de pereza su boina que no era ni blanca, ni negra, ni ninguno de los 162 tonos de gris que había identificado hasta ese día, sino perfectamente marrón; pasó por encima de su pulóver negro su blazer de lana igualmente marrón con cuadros príncipe de Gales y dispuso el contrabajo, que había dejado la noche anterior en una esquina de la habitación, en el fondo de un estuche que había dispuesto sobre el piso. Al contacto con la luz, la madera pulida del instrumento soltó un destello caoba que ella encontró precioso.

Luc cerró con suavidad la caja y se puso de pie. Llevaba los jeans gastados con los que lo había visto en su último concierto. Junto al estuche, que alzó con la mano izquierda, el músico tomó con la derecha una compacta maleta color verde y entonces enfiló hacia el pasillo de salida.

Ella, sin fuerzas para interrumpirlo, lo vio alejarse hasta donde ya no llegaba la luz, escuchó girar la perilla y, tras el chasquido delicado de la cerradura, adivinó sus pasos que se ahogaban en la quietud de la mañana de ese sábado.

Cuando volvió en sí, el día se había sacudido de encima ya varias horas. Notó, en medio de las sábanas revueltas, que Luc no estaba a su lado. El inmueble estaba en silencio. En medio de ronroneos y estiramientos hizo un esfuerzo y saltó fuera de la cama. Del otro lado de la ventana, la ciudad húmeda se extendía bajo una lluvia fina. Todo le pareció insoportablemente triste.

Los transeúntes con sus paraguas y sus abrigos gris 45. Los edificios lavados donde se mezclaban el 15 y el 82, el 24, el 30 y el 97. Esos techos tan 150. Y las fumarolas de las chimeneas, que se fundían con ese cielo que oscilaba entre un 2 y un 4, horrorosamente 12.

Con el corazón sobrecogido, echó un vistazo alrededor y descubrió que el contrabajo no estaba en la esquina donde lo había visto justo aquella madrugada. Aunque no entendía, tuvo el punzante presentimiento de que Luc se había marchado.

Volvió a la cama. De en medio de su tristeza se alzó de nuevo un cansancio inapelable. No tardó en caer rendida. En las imágenes que se le presentaron, vio una ciudad, su ciudad, extenderse bajo una fina lluvia melancólica. De pie, frente a la ventana, desde donde veía la lluvia caer, descubrió que la precisa paleta de grises que había cultivado a lo largo de los años, se había perdido. Todo allá afuera deambulaba envuelto en una indefinida mezcla de donde solo diferenciaba las generalidades de los tonos claros y los oscuros. Quiso hundirse en una reconfortante tristeza. Afuera la noche caía. Ante sus ojos, el mundo se volvía ahora irremediablemente negro.

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